Terra Sigillata

Cerámica de color rojo brillante

 

Vaso de sigillata con gladiadores, Museo Provincial de Zaragoza
Vaso de sigillata con gladiadores, Museo Provincial de Zaragoza

La cerámica romana se caracterizaba principalmente por su utilidad y se utilizaban vasijas de arcilla sin barnizar para ánforas y dolia, y barnizadas para vajillas de mesa.

Durante los primeros tiempos, la vajilla romana de mesa se distingue por la sencillez propia de un pueblo campesino, pero las influencias helenísticas y orientales transforman las costumbres culinarias y los hábitos de mesa romanos, incrementándose el número de piezas de la vajilla, las formas y los materiales.

Plato de arcilla,
Plato de arcilla, Museo de Jaén

Las vajillas de cerámica, al fabricarse en todo el Imperio y ser accesibles a todas las clases sociales, no faltaron en ninguna mesa romana. En los hogares más humildes se utilizaban producciones simples, pero en los más prósperos eran habituales las cerámicas finas.

Coincidiendo con la creciente romanización del Mediterráneo aparece la cerámica campaniense o de barniz negro, derivada de la típica cerámica negra de los griegos.

Terra sigillata con sello de Tigranes
Terra sigillata con sello de Tigranes, Museo de Palencia

En época de Augusto surge la terra sigillata, identificada como la vajilla de lujo romana de época altoimperial (s. I al III d.C.) así conocida por los sellos que se imprimían en ella con el nombre del fabricante y caracterizada por su brillante color rojo coral, con refinados diseños y decoración lisa o en relieve. Para su producción se realizaba un molde en arcilla refractaria, muy porosa, sin barnizar, de modo que absorbiese el agua de la pieza que se iba a realizar. Al interior del molde se le daba la forma elegida y con ayuda de un punzón, casi siempre por impresión, se practicaba la decoración deseada. En el interior del molde se presionaba la arcilla fresca contra las paredes. La nueva pieza, aún fresca, se sellaba con una matriz, aunque en algunos casos el sello ya estaba pergeñado en el propio molde. La pieza se completaba con bordes y pies hechos con plantillas, lo que contribuía a la celeridad del proceso y a la homogeneidad de las producciones. Una vez fabricada la pieza se dejaba desecar al aire libre durante una semana. Para proporcionar el típico color rojizo, se recurría a un barro colorante muy rico en hierro, luego se introducía en el horno con cochura oxidante, rica en oxígeno.

A partir del año 50 d.C. se generaliza la producción de sigillata hispánica, con importantes talleres en la Bética (Andújar) y en el valle del Ebro (Tricio, en la Rioja). Se exporta a todas las provincias, ya que las vías de comunicación facilitan su comercialización.

Posteriormente empezaría la fabricación de la última familia de  cerámicas de lujo imperiales, la sigillata clara, cuyo uso se extenderá hasta el siglo VI d.C. A finales del siglo I d.C. La sigillata africana, con gran variedad de formas, tipos y técnicas productivas llegará a dominar todos los mercados hasta el final de la antigüedad clásica.

Plato de cerámica roja, Museo de Palencia
Plato de cerámica roja, Museo de Palencia

En los alfares locales se realizaba, sobre todo,  la cerámica común utilizada en la cocina y la despensa. La mayoría de los talleres (officinas) eran de pequeña extensión y como responsable de la producción estaba el officinator, que podía ser el maestro-alfarero o el propio dueño de una villa.