Ars Ornatrix

Peinados romanos

Diferentes peinados romanos
Diferentes peinados romanos

Las matronas romanas dedicaban gran parte de su tiempo al peinado.  Se empleaban hábiles criadas (ornatrices), encargadas de peinar y cuidar  el cabello de su señora, usando aceites, ungüentos, peines y horquillas. Lo adornaban con cintas y coronas con piedras preciosas. A veces, se convertían en víctimas del enfado de las señoras cuando no estaban de acuerdo con el trabajo realizado.

 Durante la infancia y la adolescencia, las jóvenes romanas llevaban sus cabellos al natural, lisos o rizados. Separados por una raya central, solían recogerlos en un nudo en la nuca o los trenzaban en torno a la cabeza.

En los primeros siglos de la República, los peinados femeninos eran muy sencillos, en concordancia con el vestido. Las mujeres casadas salían a la calle cubiertas por un velo.

El testimonio más antiguo sobre la moda de peinar los cabellos con el copete frontal es un retrato de Octavia. Este peinado, considerado El primer peinado  típicamente itálico, presente en los retratos de Octavia y Livia, se caracteriza por un tupé frontal (nodus) con el resto del cabello echado hacia atrás y recogido en un moño con pequeñas trenzas.
Peinado femenino con rosca y rizos, Museo de Paestum, Italia
Peinado femenino con rosca y rizos, Museo de Paestum, Italia

Con la llegada del Imperio, se incorporaron  rizos, tupés y postizos, además de introducir las trenzas enroscadas en la cabeza  y apilar el pelo en capas y moños hasta conseguir gran altura. En tiempo de Nerón y durante la dinastía Flavia se incorporó el uso de un tupé postizo de rizos a modo de corona en la parte alta de la frente. El resto de la melena se recogía en trenzas, en torno a la cabeza a modo de rosca escalonada. En tiempos de Trajano y Adriano, el frontal de rizos alcanzó el grado más elevado de artificiosidad y la rosca trasera, compuesta por numerosas trenzas y postizos se convirtió en una especie de turbante.

Detalle del mosaico de Aquiles, Villa de la Olmeda, Palencia
Detalle del mosaico de Aquiles, Villa de la Olmeda, Palencia

Teñirse el pelo llegó a ser común entre las damas romanas muy pronto. En una época tan antigua como la de Catón se había introducido en Roma la costumbre griega de colorear el pelo de amarillo rojizo. Lo más utilizado para ello fue la pila mattiaca o spuma batava, que daba al cabello un color rubio encendido. Para teñir el pelo de rojo se hacía uso de la henna, sustancia vegetal procedente de Egipto y de las provincias orientales. Opciones más baratas para el pelo rubio era machacar pétalos de flores amarillas y polen. Para teñir el pelo de negro se utilizaba una mezcla de aceite de oliva y cáscara de nuez, además de otros ingredientes.

El pelo rubio de las mujeres germanas y el oscuro de las mujeres de la India eran una apreciada  mercancía que se importaba para la fabricación de pelucas y postizos.

Retrato femenino con peluca, Museo Nacional Romano
Retrato femenino con peluca, Museo Nacional Romano

Durante el Imperio, las esposas de los soberanos y las princesas de la casa imperial marcaban el éxito de un peinado; la moda se difundía por las esculturas y monedas que representaban sus rostros y adornos hasta el último rincón del imperio.

Una cabellera lisa podía convertirse en rizada y repleta de tirabuzones recurriendo al calamistrum, un instrumento formado por dos tubos: uno hueco de metal, que se calentaba al fuego, y otro de menor tamaño en el que previamente se enrollaba el pelo que se quería rizar y que se introducía en el interior del tubo caliente.

Peine de madera
Peine de madera

Se perfumaban los cabellos con ungüentos hechos en lugares exóticos que proporcionaban agradables aromas. También se utilizaban flores y plantas trenzadas para hacer coronas.